19 de mayo de 2022

Francisco Narváez



            Francisco Narváez ocupa un lugar destacadísimo en la historia del arte venezolano, al ser uno de los artistas de mayor conciencia creativa de su época y, sin duda, el escultor de mayor trascendencia.

Habiéndose desempeñado en los campos de la pintura, el dibujo y la escultura, la importancia de su obra ha sido reconocida ampliamente por la crítica, que ha destacado no solo la actualización de una conciencia escultórica moderna ―sin precedentes en el medio venezolano de su época― que ésta llevó a cabo, sino el espíritu de constante renovación plástica puesto en evidencia a lo largo de toda su prolífica carrera.

Sin tener antecedentes cercanos, la obra temprana de Narváez abre las puertas al arte moderno en Venezuela, y con ello, a una plástica más propiamente nacional. En la escultura, modalidad en la que hará aportes decisivos, transitará los fundamentos de la forma moderna, llegando, en su etapa tardía, a tocar los límites mismos de esta expresión. La vida artística de este creador abarcó todos los problemas planteados por la modernidad, promoviéndola, actualizándola y acaso augurando su extenuación, lo que le hace instalarse por derecho propio y según afirmación autorizada, como «el artista de mayor influencia en el desarrollo de la cultura plástica venezolana de todo el siglo XX».

El niño Francisco Narváez

Francisco Narváez nació en 1905 en Porlamar, capital del insular estado de Nueva Esparta, situado en la zona oriental de Venezuela. Era hijo de un reconocido ebanista, alarife y restaurador de imágenes religiosas, José Lorenzo Narváez[1], razón por la cual desde niño comenzó a ejercitarse en la talla en madera. «Su primer maestro, el más significativo y de mayor trascendencia en su vida, fue José Lorenzo Narváez, su papá, general castrista retirado, arquitecto autodidacta y ebanista: […] De todo mueble que fabricaba papá y sus ayudantes, yo hacía una copia, procurando que fuera tan acabada como el modelo, sin reparar en la diferencia de la reducida escala a cuyos requisitos me sometía voluntariamente».[2]

Porlamar, Isla de Margarita, Venezuela

Por esa época, y estando su familia viviendo en la ciudad de Carúpano ―estado Sucre―, el niño Narváez habitualmente realizaba copias en tiza de las imágenes religiosas que su padre restauraba, interesándose de modo particular por la construcción de la figura humana. También ejecutó algunos retratos de familiares y modeló figuras con greda.

Era usual encontrarlo como ayudante de su padre en los trabajos de restauración que éste emprendía y es conocido que repintó figuras y talló partes faltantes de la anatomía de algunos santos, durante las labores de reconstrucción de la Iglesia de San José de Orocual, ubicada en el estado Monagas. En suma, su educación artística básica comenzó en la casa paterna, siendo ésta su gran herencia: el beber del oficio del padre, imitarlo, y ganar destreza en la talla en madera. 

A la edad de 11 años, el niño Narváez envía sus muebles tallados en miniatura a una exposición de artesanía que se realizaba en Cumaná, capital del estado Sucre. En esta ocasión obtuvo un diploma de reconocimiento. Poco tiempo después realiza una talla en cedro con la imagen de San Rafael como encargo para la Iglesia de Carúpano.

En 1918 la familia regresa a su natal Porlamar. Narváez continúa interesándose por la pintura y la talla. Es justamente la elaboración en madera de una imagen del Niño Jesús, realizada para las hermanas carmelitas del hospital, la que marcará un giro en su destino. Esta pieza impresiona al monseñor Sixto Sosa, obispo de Guayana, quien observa la aptitud innata del joven y lo entusiasma para que viaje a Caracas a realizar estudios formales de arte. Será monseñor Sosa quien consiga el permiso del padre de Francisco para este viaje e inclusive sufraga los gastos del pasaje a la capital; asimismo gestiona el pago de una beca mensual para que el talentoso joven estudie en la Academia de Bellas Artes de la capital venezolana.

Narváez en Caracas. Los años de la Academia

En 1922 Francisco Narváez se traslada a Caracas para estudiar en la Academia de Bellas Artes. En Porlamar, el joven había visto muchas veces al pintor rumano Samys Mützner ejecutando sobre lienzo paisajes y escenas de la costa, y quizás se había sentido identificado con la imagen de un artista real y con su intensa relación con la naturaleza y el entorno humano.

Caracas, 1922

Ya en Caracas, Narváez ingresa a la Academia, institución que para ese entonces se regía por los principios de la tradición europea. «La Academia de Bellas Artes mantenía los cánones del arte clásico, basados en el arte griego y en el Renacimiento. Cruz Álvarez García, quien había estudiado en París, fue su profesor de escultura. También recibió clases de Ángel Cabré y Magriñá, padre del pintor Manuel Cabré (quien por entonces se encontraba en París) y de Pedro Basalo. El estudio riguroso de la anatomía humana era el eje fundamental de la enseñanza de la escultura. Para ello se hacían copias de modelos en yeso».[3]

En la Academia de Bellas Artes Narváez realiza sus primeras pinturas y dibujos en un estilo que rompía con los cánones tradicionales. Aunque las técnicas enseñadas en las clases de escultura se limitaban al modelado en arcilla y al trabajo en yeso, Narváez realiza tallas directas, utilizando un cincel y un bloque de mármol de Carrara que le habían sido obsequiados. En ese trozo de mármol «talló un rostro que creó controversias entre los profesores, debido a sus formas redondeadas, según Basalo, alejadas de los criterios clásicos propugnados por la Academia».[4] Para entonces, era evidente que en el artista ya se manifiesta un gusto por la síntesis moderna.

En esa época observa pinturas de Joaquín Sorolla que se exhibían en los espacios de la institución. Posteriormente obtiene diplomas de honor en las modalidades de pintura y escultura. El joven Narváez se encuentra también formando parte de los círculos culturales de la capital, en los que compartía amistad con el escritor Arturo Úslar Pietri, el crítico de arte Alfredo Boulton y el poeta Andrés Eloy Blanco, entre otros.

El talento de Narváez no pasaba desapercibido, aún en esa época temprana: en 1925 sus esculturas fueron reseñadas en un reportaje gráfico en la prensa capitalina, pero ya en 1922 su talla del Niño Jesús ―realizada para las monjas carmelitas y exhibida entonces en la Fotografía Manrique de Caracas― había sido comentada por un diario caraqueño.

Cabe destacar que una de las particularidades del medio artístico que Narváez supo atisbar al estar estudiando en Caracas, fue el desigual desarrollo que se producía en el país entre la pintura y la escultura. Los patrones clásicos defendidos por la institución habían generado en el alumnado un sentimiento de ansiedad por una renovación en los programas de estudio. En el campo de la pintura, esta actualización ya había dado sus primeros pasos a través de la creación del Círculo de Bellas Artes, surgido en 1912 en medio del duro panorama sociopolítico de los primeros años del siglo XX venezolano, signados por la férrea dictadura de Juan Vicente Gómez. 

Por otra parte, la Academia de Bellas Artes, bajo la dirección de Antonio Herrera Toro, no sólo apoyaba la enseñanza basada los esquemas del academicismo, sino que, producto de una ausente política cultural, había dejado de otorgar las becas y beneficios al alumnado, que en el siglo XIX, habían constituido un verdadero incentivo para el desarrollo de sus carreras.

Academia de Bellas Artes de Caracas

Ya en 1909 algunos alumnos ―el grupo de jóvenes que formará tres años más tarde el Círculo de Bellas Artes― habían protagonizado una huelga en contra de esta situación. Viendo que sus peticiones no eran oídas, decidieron retirarse masivamente de la institución.

En 1912 ya se vislumbraba la necesidad de crear un centro alternativo de aprendizaje, donde se diera campo abierto a la discusión y se confrontaran diversas maneras de entender el arte. Fue, sin duda, el primer movimiento de ruptura de la historia del arte nacional, por cuyo compromiso se lograron deslastrar las tradiciones decimonónicas para forjar una tradición nueva y nacional: el paisajismo.

Hay que señalar asimismo que el Círculo impulsó un cambio radical en la manera de concebir el arte, la pintura, y al artista mismo, trayendo la frescura y sencillez de la realidad y de lo propio. Lograron escapar de lo que Picón-Salas denominó el «mundo pretenciosamente macrocósmico» del academicismo, para sumirse en el «alma del paisaje» a través de una mirada introspectiva. Emprendieron un ejercicio de búsqueda de lo nacional, alejados del efectismo del dato heroico y de los grandes mitos patrióticos; su mirada, absorta en la interioridad de la contemplación, buscó en el paisaje el espacio íntimo para la construcción de un «arte nuestro, arte sincero, arte venezolano»[5].

Por el contrario, la escultura denotaba un claro estancamiento. «Seguía teniendo ―como ha señalado Susana Benko―, o bien un rol conmemorativo sirviendo como medio para el proyecto político civilizador y republicano, o bien se basaba en la iconografía clásica inspirándose en figuras femeninas, algunas parcial y bellamente drapeadas en medio de su desnudez. La escultura continuó enseñándose con la misma visión afrancesada que tanto gustó [al presidente] Antonio Guzmán Blanco cincuenta años atrás, y salvo contados ejemplos no se le daba importancia como medio expresivo autónomo, sino que servía a los pintores como herramienta de estudio sobre las formas y el volumen».[6]

Como pintor y sobre todo como escultor, Narváez emprende, ya desde sus comienzos, un estudio profundo de la forma tridimensional y de las tradiciones escultóricas, lo cual le permitirá convertirse en un renovador de esta disciplina en el país. Para ello sería necesario viajar, tomar una distancia que le permitirá, por un lado, acceder a nuevas indagaciones y nuevas formas y, por otra, observar desde un nuevo punto de vista la propia cultura.

Francisco Narváez finaliza sus estudios en la Academia en 1928. De inmediato viaja a la Isla de Margarita ―estado Nueva Esparta― y allí pinta escenas marinas y esculpe algunos relieves en lajas de piedra. Ese año también realiza su primera muestra individual en el Club Venezuela de Caracas, en la cual incluyó 60 pinturas y 12 relieves. Se preparaba para conocer el viejo continente.

 Narváez en París

Narváez en París con un amigo, 1929

Tras recibir nuevamente el apoyo de monseñor Sixto Sosa, quien gestiona la donación de los costos del pasaje en los ministerios de Exteriores y Fomento, Francisco Narváez viaja en 1928 a París. En la capital francesa estudia en la Academia Julien, siendo discípulo de Paul Landowski[7]; además asiste al taller del escultor François Pompon. Al mismo tiempo visita los museos y se interesa por la escultura antigua. También se acerca a los movimientos modernos, especialmente a la obra de Auguste Rodin, Aristide Maillol, Pablo Gargallo, Jean Arp y Antoine Bourdelle, cuya influencia se hará evidente en sus pinturas y esculturas de entonces.

En el campo de la pintura, muchos suponen que por estos años Narváez se vio influenciado por los trabajos del grupo de Pont-Aven, pero lo que sí es cierto es que su producción pictórica de estos años se nutre del interés del arte europeo moderno por las formas primitivas, influencia que se verificará en los retratos que pintó por esta época y que están caracterizados por la síntesis de las formas y la planitud del color.

Girasoles, ca. 1930

En escultura, realiza en 1929 La pescadora ―también conocida como Vendedora de pescado―, pieza realizada en piedra de París con la que participa en 1930 en el Salón del Grand Palais en los Campos Elíseos. Esta obra es considerada la primera escultura moderna de Venezuela. Al observarla se hace evidente el abismo que existe entre sus rasgos sintéticos, casi arcaicos, y las características de toda la escultura nacional precedente. En La pescadora lo narrativo es sustituido por un nuevo código, y las formas, la técnica y los materiales se han renovado. París es el germen de su etapa «criollista», en la que predominan los temas inspirados en las figuras indígenas y negroides, las frutas tropicales, las faenas populares y cierto exotismo. Este interés por los temas vernáculos será motivo de un amplio desarrollo a su regreso al país.

La pescadora, 1929

Por otra parte, La pescadora y otras piezas de esta época dejan ya entrever las que serán las características estilísticas del trabajo de Narváez: síntesis, volumen rotundo, sensualidad, gozo por la materia, gusto por la simetría, amor a la talla.

            Susana Benko ha resaltado acertadamente que la «etapa criollista» de la obra de Narváez se gesta en París apuntalada más que por las influencias recibidas de los movimientos vanguardistas, por aquellas que llegaron a él a través de Picasso o Brancusi, e incluso por su respeto e interés por el arte antiguo, sobre todo por la escultura griega y egipcia[8]. El conocimiento del arte antiguo, adquirido en sus constantes visitas al Louvre, dejará importante huella en su sensibilidad. Este respeto por lo clásico, concomitante a sus deseos de renovación, conformaba la línea pedagógica de la Academia Julian, rasgo que persistirá, en el escultor venezolano, a lo largo de toda su carrera.

Etapa «Criollista»

A su regreso a Venezuela en 1931, Narváez instala su taller en el Barrio Obrero de la popular parroquia caraqueña de Catia, el cual funcionaría hasta el año 1943. Este taller pronto se transformará en un centro de reunión de artistas e intelectuales, y será punto de convergencia de muchas de las ideas que, a mediados de la década, intentarán activar la renovación urbanística de la ciudad, de la cual Narváez será activo participante.

            Es en este entorno en el que comienza a desarrollar la integración de los tipos autóctonos nacionales como temas de sus indagaciones formales. Como hicieron muchos de los artistas de vanguardia en Europa al volcar su mirada hacia las culturas primitivas para tomar de ellas la síntesis formal, la libertad de creación y la fuerza expresiva que requería el arte moderno, Narváez busca en las raíces de su propia cultura.

Criolla, 1936

Es este un período que la crítica ha ubicado cronológicamente entre su regreso a Venezuela y los años intermedios de la década de 1940. En esta etapa, los temas tratados, como hemos dicho, buscaban crear una tipología autóctona. Sin embargo, no es el simple interés por el retrato o el comentario localista lo que parece interesarle a Narváez , sino la integración de éstos a un nuevo lenguaje, a un nuevo modo de representación, llevándolos más allá de lo meramente narrativo para convertirlos en íconos de nuestra idiosincrasia, de la venezolanidad moderna.

Negra de Barlovento, 1942

La representación de tipos humanos de rasgos negroides o indígenas, así como de elementos que acompañaban los quehaceres de las clases populares de una Venezuela casi aldeana, se convierte en la base temática para la creación de volúmenes de estilizada elegancia; en ellos se verifica un quiebre respecto al carácter narrativo de la escultura precedente, en favor de la exaltación de la expresividad propia de la forma y la materia, a la par de la síntesis temática que enfatiza el carácter icónico de estas piezas.

Narváez despliega aquí su maestría técnica como tallista. Se vale de mínimos recursos formales, economiza los detalles logrando una síntesis notable en las formas que aparecen representadas a través de sus rasgos esenciales. En esta etapa el escultor-tallista utiliza la madera y la tiñe, con miras a enfatizar expresivamente los rasgos del mestizaje en los que se inspiraba. Las criollas, negros e indias que pueblan esta fase de su escultura son mujeres y hombres en faenas diarias, pero son también masas compactas, concatenación de curvas y volúmenes, deslizante luz reflectada en pulidas superficies.

Un tema recurrente en esta época es el del agua, que el artista trabajó tanto en esculturas de bulto como en varios proyectos asociados al urbanismo. A Narváez le fueron encomendados en este período importantes proyectos de intervención en la ciudad. El primero de ellos, la Fuente de Parque Carabobo (1934), antigua Plaza La Misericordia, es un conjunto escultórico vaciado en piedra artificial y fue su primera obra cívica. Esta pieza refleja, además de una concepción urbanística novedosa, una idea inédita en el tratamiento del tema indígena, que se expresa sintética y modernamente mediante el uso de líneas sinuosas y repetitivas que contrastan con las ampulosas y macizas formas de los cuerpos. Además, en ella Narváez se aleja del carácter laudatorio que había definido la escultura venezolana hasta entonces, al introducir el juego y la vitalidad, en consonancia con la realidad física de la fuente.

Fuente de Parque Carabobo, 1934

Cabe recordar que casi de inmediato, en 1936, tras la muerte del dictador Juan Vicente Gómez, el país comenzará a despertar de una larga siesta cultural. Se inician entonces numerosos planes arquitectónicos y urbanísticos que tenían como meta la transformación de Caracas, de los que Narváez forma parte activa. A la par de su labor como profesor de la Escuela de Artes Plásticas y Aplicadas, es invitado a participar en numerosos proyectos de renovación de la ciudad, concretados en la realización de relieves y esculturas cívicas.

Entre 1935 y 1938 le es encargada por el arquitecto Carlos Raúl Villanueva la realización de los relieves para las fachadas del Museo de Bellas Artes (1936) y del Museo de Ciencias (1938), ambos realizados en piedra artificial. Un año después ejecuta un grupo escultórico para el Colegio de Ingenieros de Venezuela. Ese mismo año participa en la Feria Mundial de Nueva York con cinco de las tallas en caoba africana que hoy por hoy se yerguen como símbolos de lo que fue una época de esplendor para la escultura venezolana. De ellas se conservan sólo cuatro: Cacao, Perlas, Frutas y Café, las cuales fueron posteriormente ubicadas en los liceos Fermín Toro y Andrés Bello de Caracas. En 1941 realiza el relieve La Educación para la Escuela Francisco Pimentel, entre otras obras de significación.

Café, ca. 1936

La educación, 1941

En 1943 lleva a cabo la fuente conocida como Las Toninas, una de sus obras públicas más famosas. Su realización se debió a un encargo hecho por Carlos Raúl Villanueva, arquitecto que llevaba adelante la remodelación de la Urbanización El Silencio, en pleno centro de Caracas. En esta fuente, la sinuosidad de las figuras recalca nuevamente el amor que sentía Narváez por las formas ondulantes y por el agua. Aquí, el ritmo generado los por hilos líquidos producidos por la fuente, encuentran resonancias visuales en los elementos curvos, que se extienden en sucesión en todo el conjunto: la posición sensual de las mujeres, las ondas que forman sus cabellos, el arco creado por el cuerpo mismo de los delfines y los elementos decorativos en repetición ondular. El plano mismo del monumento, dividido en dos conjuntos, se ubica en una redoma de circulación vehicular que rodea la Plaza O’Leary, y se circunscribe a estas sensuales características que otorgan a este bullicioso sector de la ciudad, un hermoso y refrescante punto de convergencia, por lo que esta pieza es considerada hoy por hoy una de las más hermosas y emblemáticas de la ciudad.

Fuente Las Toninas, 1945

Narváez utilizó para sus esculturas cívicas la técnica del vaciado en piedra artificial, que le ofrecía la maleabilidad necesaria para ejecutar piezas de gran formato asociadas a la arquitectura. Juan Calzadilla ha destacado que las propiedades que la piedra artificial brindaba, daban a Narváez los elementos plásticos y expresivos que estaba buscando en estas representaciones, economizándole los riesgos y dificultades que hubiera podido afrontar al emprender la talla directa sobre piedra en tales dimensiones.

Por otra parte, la pintura que Narváez crea en este período también evidencia su interés constructivo asociado a lo vernáculo. Recordemos que durante su formación en la Academia de Bellas Artes Narváez tuvo la fortuna de recibir clases de Marcos Castillo. El particular espíritu de este pintor, ajeno a las categorizaciones pero fuertemente informado de los alcances del arte moderno, le permitió crear con mayor libertad. La impronta de Castillo ―un gran colorista― puede entreverse en la apertura de Narváez a crear las formas a partir del color y a realizar una pintura estudiada, llevada a cabo en el taller más que al aire libre. 

Paisaje (Casa de Ocumare de la costa), 1940

Eva, 1941

Desnudo, 1947 (Premio Nacional de Pintura)

               Uno de los temas preferidos por Narváez fueron las flores, ya que le permitían abundar en esta concepción material de las formas en el plano, propia de los temas de taller. También realizó retratos, paisajes y desnudos. En estos últimos se evidencia su interés por la figura humana como cuerpo en el espacio, y donde enfatiza la volumetría del cuerpo. Es justamente con uno de sus desnudos que obtiene, en 1948, el Premio Nacional de Pintura en el IX Salón Oficial Anual de Arte Venezolano. 

Narvéz y la Ciudad Universitaria de Caracas

En 1949 el arquitecto Carlos Raúl Villanueva convoca a Francisco Narváez para crear algunas obras a ser incluidas en su proyecto de integración de las artes de lo que sería la Ciudad Universitaria de Caracas. Narváez realizó varias piezas entre 1950 y 1953. A este grupo se sumaron otras, haciendo un total de doce obras de su autoría. Son las siguientes:

Esculturas en piedra de Cumarebo:

  •         La Educación (1950, terraza del primer piso del Instituto de Medicina Experimental). 
  •         La Ciencia (1950, terraza del primer piso del Instituto de Anatomía José Izquierdo). 
  •         El Atleta (1951, al suroeste del Estadio Olímpico). 
La Educación, 1950

La Ciencia, 1951

El Atleta, 1951

La Educación y La Ciencia forman una pareja. Ambas fueron ejecutadas en el elegante estilo de la etapa criollista, de formas estilizadas y volúmenes sensuales. La educación representa a una mujer robusta de rasgos criollos sentada de lado hacia la derecha del espectador. Sostiene un inmenso libro sobre una de sus rodillas. La ciencia muestra una mujer de similares características, sentada hacia la izquierda y sosteniendo a un niño arrodillado sobre su muslo derecho. El Atleta es una pieza de líneas rústicas, rigidez y marcada frontalidad, en la que se nota el estudio que había hecho Narváez de la escultura egipcia y, quizás, de la escultura griega primitiva. 

Esculturas en bronce:

  • Relieve de José Gregorio Hernández (1951, Instituto de Medicina Experimental).
  • La Cultura (1954, Plaza del Rectorado).
  • Dr.José María Vargas (1987, Plaza de la Rectoría).   

La cultura, 1954

En La cultura, los rasgos de la figura humana se encuentran muy estilizados, reducidos a volúmenes geométricos, curvas, masas y vacíos, cuya concresión recalca la tensión de una torsión. 

Escultura en madera:

  • Torso (1956, Decatano de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo) 

Torso, 1956

Murales en cerámica esmaltada: 

  • Sin título (1950, entrada del Instituto de Medicina Experimental)  
  • Sin título (1950-51, entrada del Instituto de Anatomía)
  • Mural de vida marina (1951, antiguo comedor universitario) 

Mural del Instituto de Medicina Experimental, 1950
Foto: Alexandre Joffre

Mural del Instituto de Anatomía, 1950-1951
Foto: Alexandre Joffre

Mural de madera: 

  • Sin título (1956, Instituto Botánico)  

Sin título, 1956

Fresco: 

  • Cristo (1950, Capilla del Hospital Universitario)  

«Formas nuevas»

Aunque en la pintura de Narváez seguirá predominando el tema criollista por unos años más, la ambición sintética que se había atisbado en el artista desde sus inicios se traduce, en la escultura de finales de los años 40, en obras que intentan expresar la esencialidad de la figura humana a través de propuestas formales propias de la escultura moderna.

Es ésta una etapa, la de las llamadas «formas nuevas», que se extenderá hasta comienzos de la década de 1970 y que se caracteriza por la extrema delicadeza formal y conceptual y, también, por una apasionada atención a la materia. Narváez trabaja con maderas y piedras autóctonas. Aunque podría pensarse que este interés por lo matérico se traduciría en su presentación intacta, cruda, nada es más ajeno al refinamiento de este momento en el que el artista quiere dejar hablar al material a través de exquisitas soluciones técnicas.

En la madera, Narváez acentúa el pulido de las superficies como un recurso para que la veta se manifieste limpiamente y, además, para que la luz describa el volumen al resbalar por las curvas. Es interesante detenerse en la importancia que el material, en este caso la madera, tenía para Narváez como elemento contentivo de una expresividad propia. Al contrario, cuando el artista utilizaba la piedra de Cumarebo[9], material que rehúye la pulitura, el tratamiento de las superficies iba dirigido a valorar la porosidad fina de la roca en relación con la sutileza del volumen, que se convierte así en un cuerpo suave, esponjoso y dúctil.

En esta etapa, la perseverancia en las fuentes técnicas de la talla y el basamento formal en el cuerpo humano, son llevados a sus puntos extremos, tanto por la acentuación de la talla como construcción de un volumen por desbaste, como por el uso del torso como motivo recurrente y elusivo, a través de un impulso sintético que dará paso a su etapa posterior.

Torso, 1959

Torso, 1945

    Las formas remiten siempre a la figura humana ―de allí la aparición de la serie de los Torsos― que es llevada a sus rasgos esenciales a través de un proceso de síntesis que acentúa la sensualidad de sus curvas y volúmenes. «[Es éste] un momento crucial en la evolución de la producción del maestro, cuando después de abandonar las redondeces estilizadas de sus mulatas criollistas y desarrollar su progresiva simplificación volumétrica de sus desnudos femeninos, cuyo grado de realismo venía decreciendo, comienza a partir de 1951 a cambiar el carácter de sus formas, que rompen con la sujeción que mantenían respecto a la representación de la anatomía del cuerpo femenino, para ir ganando autonomía y empezar a valerse por sí misma, como volúmenes independientes del desnudo que representaban. Así, las formas escultóricas se liberan y se depuran de su mimetismo realista, alisan sus prominencias para fundirlas en una ondulación continua, que fusiona sus redondeces en una sola masa sinuosa, en la cual ya no se reconocen los detalles anatómicos del desnudo. Porque el cuerpo es apenas sugerido, para terminar como una vaga reminiscencia, como una evocación»[10].

Relieves, «estucos» y «ochavados»

En la década de 1960 Narváez comienza a realizar sus «estucos», pinturas en relieve que el artista ejecutaba utilizando una pasta hecha de yeso, cola y otros materiales. La técnica de estas piezas se basa en el modelado de las formas con esta pasta, haciendo un relieve sobre una superficie bidimensional que después de secarse era pintada, siguiendo el diseño de los volúmenes formados, que eran generalmente simples, lineales y sintéticos. Esto le permitía analizar detalladamente los vínculos de la forma plana y la tridimensional. Por este carácter dual, estos relieves constituyeron un interesante experimento para el artista, sobre todo en cuanto al arreglo de las figuras en el plano y a la necesidad de que lo representado, generalmente escenas pintorescas, fuese claramente legible.

Cabeza, 1960

            Siendo escultor y pintor ―o «un pintor con alma de escultor», como lo ha caracterizado Benko― en Narváez siempre estuvo presente la confrontación de los problemas principales de ambas modalidades: aquellos asociados con la representación bidimensional y el trabajo expresivo con elementos que convergen en un plano, y la indagación en la expresión volumétrica, conjugada en la tridimensionalidad. Tanto los relieves realizados en su época criollista, como los estucos y los «ochavados» posteriores, constituyen parte de esta indagación en los aspectos liminales de ambas prácticas.

Escena de recolección de frutas, 1930

            En los relieves, Narváez dibuja a través de una línea que horada el material, delimitando no sólo una forma, sino construyendo un volumen. En los estucos, invoca lo volumétrico a través de la pastosidad del yeso, un material que en cierta forma actúa como sucedáneo de lo pétreo. En ellos, Narváez pinta con yeso, lo que equivale a decir que pinta con piedra. De hecho, es tras la aplicación de estas pinceladas pastosas tras plantearse el motivo primero como volumen que como juego de colores, que procede a colorear la superficie.

La ejecución de los llamados «ochavados» se da a finales de esa década. En ellos se hace obvia la tosquedad de su acabado, los procesos técnicos intrínsecos de la talla, y la intimidad matérica de la madera. Son bloques en los que se aprecia claramente la acción de tallar ―ochavar―, a través de incisiones dejadas en la madera, a manera de esbozos de una pieza que recalca su apariencia «inconclusa». Estas marcas pudieden ser leídas, asimismo, como «pinceladas» producidas por la gubia, que dan a la superficie cierto aspecto pictórico y vibrátil.

Cabeza, 1970

«Formas abstractas»

Francisco Narváez es el primer escultor abstracto de Venezuela. Llega a la abstracción en 1970, debido al convencimiento de que la talla, el material y la forma poseen una elocuencia propia; esta certeza surgió como clara consecuencia de las reflexiones que dieron origen a los ochavados.

En este período, también conocido como el de los «volúmenes», el artista se libera de modo radical de lo representativo y, por ello, puede ser considerado el punto culminante de su obra.

Armonía de volúmenes y espacio, 1982

Narváez crea entonces piezas sin ninguna referencia a lo real, que estaban despojadas de lo accesorio, constructivas, geometrizadas, en las que la materia es presentada desnuda, en bloques superpuestos, y la forma es llevada a un grado extremo de simplificación.

Es evidente que las reflexiones de Narváez en torno a la naturaleza del hecho escultórico, lo habían venido llevando hacia una extrema simplificación que, en esta etapa y como una serpiente que se muerde la cola, lo hace intentar un regreso a los orígenes de la escultura. En su absoluta simplicidad, estas piezas parecían haber sido creadas bajo la aspiración, verbalizada por Narváez, de llevar su escultura a ser sólo «piedra sobre piedra».

Tres volúmenes, ca. 1972

La materia cobra un papel fundamental al constituirse en elemento expresivo en estado casi puro. Algunas de estas piezas son sólo bloques de madera cortados y colocados en superposición. La intención de afirmar la simplicidad y la presencia expresiva de la materia se verifica en la aparición de algunos títulos de este período, los cuales están referidos únicamente al material con que fueron hechas, como por ejemplo: Samán negro, Caoba o Piedra de Cumarebo.

Volúmenes, 1972

              La oposición ―rasgo recurrente en esta etapa, referido por Benko― se da como un modo de diferenciar, de destacar, desde lo mínimo, la cualidad natural de la materia. Esta se observa en la dirección de colocación de los bloques, que el artista contrasta para crear tensión, así como en la confrontación de texturas de un mismo material ―corte liso contra textura natural―, en la diferenciación de los acabados ―opaco contra brillante―, y en la yuxtaposición de materiales diversos.

En esta época el artista realiza una serie de serigrafías en las que lleva sus volúmenes abstractos al plano. Estas impresiones representaban en colores vivos y planos las esculturas abstractas. Nuevamente se reitera la constante indagación del artista en los puntos de conexión entre la expresión bidimensional y la tridimensional, así como su convicción de que «el color es el espacio del plano».

Sin título, 1974

El último Narváez

Al final de sus días Narváez realizó una serie de vaciados en bronce tomando como modelos algunas de sus piezas abstractas. Estos bronces no tuvieron buena acogida de la crítica.

María Elena Ramos ha dado una acertada respuesta crítica al acertijo que platearon estos bronces, en el texto «Francisco Narváez: Bronces para reproducir piedra sobre piedra» en el que la crítico platea una tesis que apunta a una mejor comprensión de este aspecto de la trayectoria del escultor, y a un entendimiento cabal de toda su obra. Señala Ramos: «Narváez siguió siendo hasta el final un amante de la materia fuerte. Pero el concepto y la relatividad entraron de todos modos. Y entraron, fundamentalmente, en ese relevo de los lenguajes, en ese juego de naturaleza que es y naturaleza que parece. Y también en ese pase del dominio sobre la materia única, ante la cual el artista es el artesano, hacia la entrega a otro ―el fundidor― de su materia única para un producto en el cual ya el artista no es el artesano, sino el diseñador, el mentalizador, el inventor […]. Sin entender estos pases por la torsión conceptual […] parece difícil aceptar con entusiasmo su última obra”[11].

Para Ramos, la clave que permite comprender esta etapa se encuentra en el entendimiento del acto de reproducción desde una perspectiva conceptual. Narváez parecía haber comenzado a indagar en las posibilidades de la escultura como artificio, y con ello, en las capacidades de desdoblamiento de los materiales, y en las cualidades de la fundición en bronce como técnica no directa.

Volúmenes, 1972

            El alejamiento de la tradicional técnica de la talla conllevaba un distanciamiento de la inclinación típicamente moderna a la forma y al material. Esto lo llevará a plantearse, quizás de manera intuitiva, las estrategias conceptuales propias del discurso posmoderno. Narváez se alejaba de la escultura como hecho artístico para percibirla como un lenguaje capaz de hablar de sí mismo y de comentar sus propias estrategias de concreción.

El legado de Narváez

La crítica venezolana ha dejado en claro el decisivo papel que tuvo Francisco Narváez dentro de nuestra cultura. Roberto Guevara, por ejemplo, apuntó: «Narváez fue mucho más que un gran escultor venezolano. Tuvo en sus manos la oportunidad de comenzar algo nuevo y profundamente osado, donde no había prácticamente nada; y no desaprovechó ni un instante para hacer de esa oportunidad un poderoso legado. Comprendió la materia como nadie antes. La siguió, descubrió en las entrañas una guía para las formas, y en los contornos sugerencias para transcurrir el especio en un gesto hondo y definitivo. Narváez hizo la escultura antes que Reverón reinventara la luz. Se alimentó de una época que era efectivamente la suya, pero no siguió modas, ni se moldeó a patrones; dejó simplemente que la materia palpitante, recias maderas o piedras vivas de Falcón y de Araya, prosiguieran a través de él un destino inscrito en los mismos contextos naturales.

Comprensión, fidelidad, pero nunca sumisión. Narváez jamás tentó la parodia de lo real, ni el tratamiento naturalista. Su obra recia y coherente es un legado vasto, palpable, donde la gran enseñanza es poder mantener una vinculación con la materia, para descubrir, no para imitar»[12].

            Por su parte, Juan Calzadilla ha señalado: «Narváez es un escultor de volúmenes rotundos y sólidos. Pocas veces se ha interesado por la especialidad interna de la obra y por vaciar la forma, a la cual presenta siempre en piezas extensas formando bloques macizos de una o dos secciones, generalmente de apariencia monumental. La monumentalidad es una de sus características, por cuanto los volúmenes llenos y compactos requieren a menudo ser vistos a gran distancia, incorporados casi siempre al paisaje».[13]

Juan Carlos Palenzuela resume el legado del artista en el siguiente comentario: «Con Francisco Narváez se establece el inicio de la escultura moderna en Venezuela», y más adelante detalla, refiriéndose a su etapa criollista: «El artista sorteaba los llamados inmediatos de la acción política y resolvía su obra en fundamento de la factura estilística, a la sensibilidad plástica ante el tema y en conciencia artística que sería asimilada por la nueva generación»[14].

Alfredo Boulton resumió la importancia de su legado de la siguiente manera: «En el campo de la escultura, él fue quien inició una manera de ver totalmente apartada de cuanto anteriormente había existido en Venezuela. El arte de la escultura adquiere una nueva etapa y un nuevo sentido con Narváez y después de Narváez. La escultura se vuelve verdadero arte en manos suyas al crear otra dimensión, totalmente distinta a la que los artistas venezolanos habían previamente aprendido en Europa. Es el primer escultor venezolano en romper con todas las reglas académicas ya desgastadas. Con él la escultura alcanza una altura y una posición que no se habían conocido antes en Venezuela. […] En más de un sentido, le dio una nueva valoración y un sitial a la escultura nacional»[15].

El propio Narváez hacía gala de una humildad que no rechazaba la conciencia de su propia significación en la cultura venezolana. Sin embargo, veía sus logros más importantes en la docencia, actividad que ejerció por décadas desde su cátedra en la Escuela de Artes Plásticas y Aplicadas de Caracas.

Efectivamente, su trabajo como profesor fue columna vertebral de muchas de las aspiraciones modernizantes de toda una generación de artistas venezolanos a quienes formó en los principios de la indagación plástica y de la búsqueda de una expresión propia, personal.

Pero la influencia de Francisco Narváez excede las fronteras de su labor pedagógica, extendiéndose a los más diversos ámbitos del quehacer nacional, pues si creemos que el arte educa a través de las formas, es innegable el aporte hecho por Narváez a través de su numerosa obra a escala cívica, ubicada mayormente en espacios de intenso tránsito público, museos y escuelas.

            Los aportes de su obra escultórica para la historia del arte venezolano son de una contundencia tal, que frecuentemente opacan sus decisivos aportes en el campo de la pintura, del urbanismo y del pensamiento creador, en un momento clave de la cultura venezolana del siglo XX.

© Katherine Chacón


[1] José Lorenzo Narváez era un artesano autodidacta que obtuvo reconocimiento en las localidades de La Asunción y Porlamar ―estado Nueva Esparta― por sus tallas decorativas. Entre sus obras se reconocen los arcos florales y el púlpito de la Iglesia del Valle del Espíritu Santo en La Asunción, la restauración de la venerada imagen de la Virgen del Valle, y la construcción del faro de navegación de Porlamar.

[2] Cf. Susana Benko, «Francisco Narváez: pintor con alma de escultor» en Galería Freites, Narváez, Caracas, 2009, p. 74.

[3] Op. cit., p. 76.

[4] «Narváez [José] Francisco», en Diccionario biográfico de las artes visuales en Venezuela, Galería de Arte Nacional, Caracas, 2005, p. 893.

[5] «Ideas y propósitos: palabras de Leoncio Martínez en la instalación del Círculo de Bellas Artes», El Universal, Caracas, 4 de septiembre de 1912.

[6] Benko, op. cit., p. 77.

[7] En el Diccionario biográfico de las artes visuales en Venezuela puede leerse: «En París se inscribe en la Academia Julian, donde fue discípulo de Pierre Landowsky y Bernard», sin embargo no se pudo ubicar a Pierre Landowsky entre el cuerpo de profesores activos en dicha academia para la época. Suponemos que su maestro fue Paul Landowski, un escultor francés de origen polaco que desarrolló una relevante carrera pedagógica. De Bernard aún no hemos obtenido dato alguno.

[8] «[Narváez] no trabajó en función de fórmulas vanguardistas del momento. Por el contrario, su nativismo tiene cualidades que le son propias y que a la vez se expresan por medio de un lenguaje moderno en escultura. Narváez no se dejó llevar por las tendencias culturales de vanguardia, para él foráneas, pero supo asimilar los aportes que artistas como Pablo Picasso o Constantin Brancusi, por ejemplo, estaban logrando en el campo de la escultura. El primero, por saber integrar el arte africano en su obra; el segundo, por sintetizar las formas escultóricas hasta su expresión más simple y pura». Benko, op. cit., p. 78.

[9] La inspiración de Narváez en la cultura venezolana abarcó también los materiales. No sólo utilizó para sus tallas la rica gama de maderas vernáculas, sino que también se valió de piedras nativas tales como las de Cumarebo y Araya.

[10] Ver: Banco Central de Venezuela. Colección de Arte. 1940-1996, BCV, Caracas, 1997, p. 146.

[11] María Elena Ramos, «Francisco Narváez: Bronces para reproducir piedra sobre piedra» en Narváez. El gran escultor latinoamericano regresa al Ateneo de Caracas, Galería Ateneo de Caracas, Caracas, mayo-junio, 2000, Exp. s/n. Cat. s/n.

[12] Roberto Guevara, La profundidad del ver. Textos escogidos, Consejo Nacional de la Cultura, Caracas, 2002, p. 235.

[13] Tomado de: Galería de Arte Nacional: op. cit., pp. 896-897.

[14] Juan Carlos Palenzuela, Arte en Venezuela. 1838-1958, Fundación Banco Industrial de Venezuela, Caracas, 2001, pp. 168-169.

[15] «Narváez [José] Francisco», en Diccionario biográfico de las artes visuales en Venezuela, op. cit, p. 893.


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