19 de agosto de 2021

Entrevista a Diego Barboza. Los inicios.


Katherine Chacón: Diego, muchos autores han escrito sobre tus comienzos como pintor, pero yo quisiera que me narraras estos inicios tú mismo.

Diego Barboza: De niño yo solía pintar mucho en el piso con tiza. En la sala de baño de mi casa había un pizarrón donde solía narrar todo lo que pasaba. Yo era una especie de cronista visual. Un día se murió un compañerito mío de escuela y yo pinté al muerto con su urna y todo. Eso horrorizó a todos en la casa y hasta ahí llegó el cronista, pues me prohibieron que volviera a pintar en ese pizarrón.

K.Ch.: ¿Cuál fue el ambiente de tu infancia?

D.B.: Crecí en Maracaibo, en una casa de la tradicional Calle Carabobo. La casa era muy pintoresca, grande, larga, con unos pilares que imitaban el estilo corintio; tenía patio interno, un gran corredor y, de un lado, una parte abierta donde siempre había matas: ese fue el gran escenario de mi infancia.


Calle Carabobo, Maracaibo

K.Ch.: ¿Y cómo te vinculas con la Escuela de Arte?

D.B.: Cuando terminan esas ‘reseñas’ [del pizarrón] tengo noticias, a través de compañeros de la escuela primaria, de que había un sitio donde pintaban, y entonces es cuando llego a la Escuela de Bellas Artes y conozco a Angelina Curiel, que será una persona clave en mi vida. Angelina Curiel me sembró el deseo de ser artista; después, estando yo más grande, ella me llevaba a su casa, y allí dibujé por primera vez con modelo desnudo, junto a ella. Eso fue un aporte muy importante en mi formación, incluso después que yo me fui de la escuela, mi amistad con ella prosiguió. Te estoy hablando de la Escuela de Artes Plásticas Julio Árraga, que en ese entonces se llamaba Escuela de Bellas Artes del Zulia. La casa donde funcionaba la escuela era muy bella, con un patio colonial. Al mismo tiempo se daba que yo era muy devoto, iba a la iglesia, asistía a las procesiones, peinaba a la Magdalena. Los juegos diarios míos estaban entre religión y arte. Yo hacía cajones y modelaba figuras de santos, los ponía como si fueran procesiones y los sacaba por toda la casa. Es en esos juegos que aparece mi prima Ive que hacía de angelito. Yo le ponía trapos, alas de papel periódico y esas cosas, Eso terminó porque un día la acosté en un cajón como si fuera la Virgen María muerta, y se armó un escándalo. En realidad ella hacía todo lo que yo le decía, era como si yo fuese su director y ella mi actriz.

K.Ch.: ¿También estudiaste en la Escuela de Artes Plásticas Neptalí Rincón?

D.B.: La Neptalí Rincón es la escuela a la que yo asisto después de que cae Pérez Jiménez. No te puedo decir exactamente en qué fecha cursé estudios en las escuelas. Mis estudios más formales fueron en la Julio Árraga, donde estuve desde niño más o menos hasta la fecha de mi primera exposición, o sea, 1963… pero yo a veces ‘saltaba’ a la Neptalí Rincón que creo se fundó un poco antes de la caída de Pérez Jiménez. Por supuesto, yo iba a la escuela normal y empecé el bachillerato pero no llegué a terminarlo nunca; al mismo tiempo asistía a la Escuela de Artes Plásticas. A mí lo que me interesaba era ser pintor, y esas nociones de formación en otras cosas no las tenía muy claras, porque yo supe desde niño que quería ser pintor, nunca quise ser otra cosa y de eso me sentí siempre muy seguro.

K.Ch.: ¿Estando en la Neptalí Rincón surge la idea de crear el grupo Vertical 9?

D.B.: Si, que era un grupo que habíamos ideado por iniciativa mía y en complicidad con Edison Parra, para aportar algo ante la gran indiferencia que existía en el medio zuliano respecto a las artes plásticas. Pensamos en formar el grupo, organizarnos para exponer, para hacernos sentir.

K. Ch.: Háblame de tu primera exposición, realizada en el Centro de Bellas de Maracaibo. Veo que desde ya se notaba en tu obra una voluntad de innovación, de ir un poco a contracorriente…

D.B.: Tal vez lo innovador de estas obras era que casi todas eran collages, algo que para la época no estaba muy en boga. Esta sensibilidad hacia el papel pegado viene de mi madre, a quien le encantaba recortar imágenes de los periódicos y pegarlas en catálogos industriales que usaba como álbumes. Ella recortaba imágenes de gente famosa, por ejemplo Cervantes, Wagner, Pasteur, y las pegaba diciéndome que ella quería que algún día yo fuese como ellos… En realidad hay como tres influencias: mi mamá, Angelina Curiel que me enseña a hacer collages y a trabajar con materiales diversos, y Arcelia, mi maestra ‘de primeras letras’, que me enseñaba catecismo recortando santos y pegándolos. También en esta época influye en mí una exposición de arte expresionista norteamericano que se hace en el Centro de Bellas Artes de Maracaibo. Era una exposición de grabados. En el catálogo de la muestra habían unas declaraciones de Pollock, y otros exponentes de esa tendencia, que a mí me maravillaron e hicieron ‘estallar’ mi cabeza. Igualmente en esta época me influenció mucho José Ramón Sánchez, que era amigo mío, y me decía que había que buscar otros horizontes, y que en Caracas había gente que analizaba y comparaba cuadros de Picasso con otros. Eso para mí era realmente estimulante. Con esta exposición pasó algo importante, pues fue a raíz de ella que muchos se animaron a exponer en el Centro de Bellas Artes. Fíjate que yo creo que siempre he sido un animador cultural, porque yo estimulé la creación del Grupo Vertical 9, y estimulé también a muchos que no se atrevían a exponer en el Centro de Bellas Artes a que se atrevieran a pedir la sala del centro, cuando ellos pensaban que no se lo merecían.

K.Ch.: ¿Y cómo es que decides viajar a Caracas?

D.B.: Yo decido venirme para Caracas porque me estimulé con lo que me decía José Ramón Sánchez. Además, aunque por naturaleza he sido sedentario, no me han gustado mucho los viajes, a la vez he sentido una necesidad de comunicación, digamos, universalista. La primera vez que me vine a Caracas lo hice en una de las camionetas que traían para acá las listas de la Lotería del Zulia. Yo venía de Maracaibo y todo en Caracas me maravillaba. Cuando entré al Pez Dorado me sentí transportado porque nunca había visto nada de lo que allí había. Y cada vez que conocía a algún artista medianamente famoso me quedaba como pasmado. Algo que me gustaría decir aquí es que mi compañero en aquella soledad del ambiente cultural de Maracaibo, mi gran compañero, fue Roberto Obregón, que tenía una madurez no muy usual entre los jóvenes. Era muy inquieto intelectualmente, leía filosofía, y le gustaba estar empapado de muchos temas. Mi gran compañero en mis inicios en Maracaibo y en mis primeros años en Caracas, fue él.

K. Ch.: ¿Y entraste a la Escuela de Artes Plásticas Cristóbal Rojas?

D. B.: Un poco de la mano de Clara Sujo, a quien había conocido en Maracaibo durante mi exposición. Ella al presentarme al grupo de la escuela me llamó el primer “pop-artista” venezolano. La verdad es que me acogieron muy bien allí, inclusive me dieron un taller para mí solo, cosa que creo no habían hecho con ningún alumno antes. Por otra parte, Jacobo Borges y Alirio Rodríguez, que eran profesores, me tomaron mucho cariño. Yo entonces me convierto en un rebelde, porque me sentía muy importante, muy novedoso.

El show, 1965

K. Ch.: Rápidamente te integras al medio plástico caraqueño. Expones en la Galería Pez Dorado.

D. B.: Sí, y mi estilo estaba cambiando, porque aunque yo llego a Caracas con un estilo asociado al pop-art, a medida que me relaciono con Borges y Régulo mi estilo se va hacia el expresionismo. Es importante señalar que por esta época [1966], se da la revuelta en la Escuela de Artes Plásticas. Todos los alumnos de la escuela nos “apertrechamos” en el Pez Dorado, junto a los profesores rebeldes —Jabobo Borges, Régulo Pérez, Manuel Espinoza, entre otros—, protestando porque se había introducido en la escuela una especie de bachillerato, no queríamos la enseñanza en un liceíto artístico, como lo llamé yo en su momento. Yo creo que lo bello de la experiencia del Pez Dorado fue que alumnos y artistas de trayectoria nos convertimos en un grupo muy amistoso donde aprendimos mucho en común.

K.Ch.: Sin embargo, más tarde, con la Miss Garbo vuelves de nuevo a conectarte con el pop.

D. B.: La Miss Garbo vino un poco inspirada por un traje que yo había hecho para un desfile de modas y que tenía muchos compartimientos de los que aparecían ratones, o una plancha, o el retrato del James Bond de la época para sacarlo a pasear con una cadenita. De eso deriva Miss Garbo. Las gavetas de la obra tenían lo siguiente: una especie de figuras vegetal que tenía un candado en la boca, como representando el silencio de la Garbo; a su lado había un corazón con una caja de seguridad con combinación, señalando lo que para mí significaba Hollywood. También tenía una jaula de pájaros artificiales. Del otro lado había una gaveta con el díptico diseñado por John Lange que la gente podía tomar, y que hablaba de cómo la Garbo había influenciado la vida de la mujer norteamericana. Otro compartimiento tenía un pie, relacionado con algo que yo descubrí como dato biográfico de la Garbo y es que ella siempre sintió un gran complejo por sus grandes pies. Finalmente aparece una caja de galletas, de golosinas, que se relacionaba con la artificialidad de Hollywood. Además las gavetas tenían unos huecos para abrirlas, mediante los cuales yo quería activar reminiscencias sexuales. Al final, uno podía cerrar la obra, a manera de un closet, y entonces la Garbo se mostraba con su tradicional blazer y su sombrero.

Miss Garbo, 1968

K.Ch.: ¿Esos objetos estuvieron influenciados por las propuestas que en ese entonces estaba adelantando Mario Abreu?

D.B.: Sí, yo tuve una gran influencia de Mario, quien fue mi amigo y nos quisimos mucho. Conocí a Mario porque su sobrino era mi amigo y yo solía ir mucho a su casa, dormí varias veces en su taller, y tuve una gran amistad con él y con toda su familia. La primera vez que vi objetos los vi en el taller de Mario, cuando ni siquiera él los había expuesto en Venezuela. El grupo de Los Expansionistas, donde estaba Omar Carreño y otros, que hacían arte constructivo-cinético para ser manipulado por el espectador, más la influencia de Mario Abreu, me motivaron todas estas búsquedas en lo objetual y en la participación de la gente. Mario influenció en mí en los objetos, pero también en los pasteles, aunque no puede decirse que yo haya seguido los preceptos de Mario.

K. Ch.: Después tu obra se va transformando, como pudo observarse en la muestra que hiciste en la Polo & Bot en 1968.

D.B.: Sí, ya ahí había una distorsión de la figura, Fíjate que yo creo que uno de los pocos que ha entendido la monstruosidad de los personajes dentro del ambiente plástico venezolano he sido yo. En la época se deformaba la figura pero como una vía de hacer crítica social, no atendiendo a una deformación de la condición humana del ser, que es universal.

Mon amour, 1969

K. Ch.: Estos dibujos de la Polo & Bot también muestran una voluntad de organización espacial particular ¿Qué buscabas expresar en ellos?

D. B.: Es importante apuntar que a mí siempre me importó la complejidad del espacio pictórico. Por eso en ellos se reiteran los contrastes blanco-negro, figura-fondo, el juego de colocar la figura como en el aire. La idea mía en esa época era que al colocar a los personajes en relación con el círculo yo creaba un espacio, digamos, ambiguo, infinito. Además, como te apunté antes, me interesaba la deformación del personaje. Esos círculos van conformando una especie de deformación de la figura, que hace un contraste de la limpieza formal del círculo, y logra una diferenciación de la figura con el fondo.


Entrevista realizada por Katherine Chacón el 19 de abril de 2000, en el taller del artista, ubicado en Urbanización Piedra Azul de Baruta, estado Miranda (Caracas - Venezuela).


© Katherine Chacón

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