6 de noviembre de 2015

Paisajes en la Colección del Banco Central de Venezuela*



El género de la pintura de paisaje tiene larga data dentro del arte occidental. Como escenario de la actividad humana, el entorno ha sido históricamente un motivo primario del arte, y los cambios que se han sucedido en sus funciones pictóricas, en los sistemas elaborados para su representación y en su valoración plástica, han ido de la mano de muchas de las renovaciones estéticas ocurridas en la pintura a través de los siglos.

Por otra parte, en lo que hoy es el territorio venezolano se tuvieron ejemplos de paisajes desde la época colonial, cuando se traían del exterior los llamados «payses» o vistas naturales, de las que lamentablemente no se conserva hoy ningún ejemplo. Posteriormente, la llegada de muchos artistas extranjeros que vinieron a nuestro país entrado el siglo XIX, dio pie para el surgimiento de las primeras representaciones del paisaje nacional, visto desde la mirada del romanticismo europeo. A finales de ese siglo algunos pintores académicos realizaron los primeros dibujos y pinturas de Caracas y sus alrededores, cuadros que apuntalaron la nuestra gran tradición de la pintura paisajista, afianzada a comienzos del siglo XX con la creación del Círculo de Bellas Artes y del movimiento que le sucedería: la Escuela de Caracas.

El surgimiento de numerosos grupos, movimientos y tendencias artísticos a partir de los años cincuenta permitió nuevos acercamientos a la temática. Un paisaje inédito, no naturalista, urbano, social, surreal, eclosiona desde entonces, actualizando una tradición que aún hoy día sigue siendo motivo de indagación y experimentación.

La Colección del Banco Central de Venezuela es una de las más ricas, coherentemente constituidas, estudiadas y difundidas de los conjuntos patrimoniales de obras de arte pertenecientes a instituciones públicas no museísticas del país. Su formación comenzó en 1940, a un año de ser creado el instituto emisor, cuando fueron adquiridas las primeras pinturas. Posteriormente la colección ha sido enriquecida sistemáticamente, lo que le ha permitido convertirse en un relevante cuerpo que aglutina elocuentes piezas de arte venezolano.

En esta oportunidad se ha reunido un grupo de veintidós obras de tema paisajístico que abarcan varios períodos y ofrecen un panorama amplio y múltiple del género en nuestro contexto.

Las obras más tempranas de este conjunto datan de 1852. Son un pequeño óleo de Fritz Melbye titulado Escenario tropical, y la acuarela Bananeros de Camille Pissarro. Forman parte del lote de piezas de Pissarro, Melbye y Ramón Páez que se adquirieron en 1956 por sugerencia de Alfredo Boulton.

Fritz Melbye, Escenario tropical, sin fecha

Melbye y Pissarro formaron parte del contingente de artistas viajeros que arribaron a nuestro territorio entre 1830 y 1889, y gracias a los cuales se pudo observar aquí las primeras obras de factura y técnica académicas. Ambos artistas tuvieron una estrecha relación. Fue Melbye quien invitó a Pissarro a venir a Venezuela en su segundo viaje al país, realizado en 1852, y quien actuó como su maestro y mentor, dibujando y pintando juntos nuestra geografía. Escenario tropical Bananeros retratan la vegetación tropical y muestran el encanto y pasión exotista que producía en estos europeos la vista exuberante de nuestras tierras.


Camille Pisarro, Bananeros, ca. 1852

Contrariamente, el paisaje Bords de l’Oise à Chaponval de 1913, es un hermoso cuadro ejecutado por Emilio Boggio, un pintor venezolano que pasó la mayor parte de su vida en Francia. Allí estudió pintura y, en 1900, toma contacto con los impresionistas, desarrollando su estilo dentro de los preceptos de esa escuela eminentemente paisajística. El artista utiliza la técnica de pinceladas cortas y colores yuxtapuestos para crear la sensación del agua ondulante del río Oise y, en general, lograr una atmósfera vibrante y poética que vivifica todo el cuadro.


Emilio Boggio, Bords de l’Oise à Chaponval, 1913

En 1912 se crea el Círculo de Bellas Artes, estimulado por el cansancio que producía en los alumnos el vetusto pensum de la Academia de Bellas Artes y la necesidad de tener un centro alternativo de aprendizaje, donde se pudieran discutir y confrontar nuevos modos de entender el arte. Su aparición rompió con las tradiciones decimonónicas y forjó una nueva tradición, más libre y nacional: el paisajismo.

Abdón Pinto fue uno de sus miembros fundadores. Es un pintor relativamente poco conocido y cuya obra, reducida en número, es delicada y primorosa. El paisaje Sin título es un ejemplo de su exquisito gusto, tanto por la simpleza elegante de su composición, como por sus contrastes cromáticos que retratan finamente la luz de nuestras latitudes.


Abdón Pinto, Sin título, 1917

Un pintor muy activo dentro del Círculo fue Federico Brandt, cuya obra está cargada de una personal e intimista visión del entorno y un sentido gráfico de influencia modernista. El cuadro Torre de la Catedral (Casa Blanca) es una de sus obras emblemáticas por su plasticidad y la belleza de su composición, centrada en la torre del templo mayor caraqueño, tras la que se ven los cerros que circundan el valle de la ciudad capital. Sus formas se alejan del realismo y rescatan la expresividad matérica del color y de la línea.


Federico Brandt, Torre de la Catedral, ca. 1920


El “pintor del Ávila”, Manuel Cabré, fue también uno de los miembros fundadores del Círculo. En 1920 viaja a Francia, donde vivirá por 10 años. Allí pinta obras como Parque de Luxemburgo que da cuenta del acercamiento que tuvo entonces a los movimientos artísticos parisinos, sobre todo a los grupos impresionistas y postimpresionistas, gracias a los cuales su pincelada y su sentido del color local se liberan.


Manuel Cabré, Parque de Luxemburgo, 1920

Otro fundador del Círculo fue Próspero Martínez, pintor de cualidades sutiles que ha sido poco estudiado. La pieza Carrizales, a pesar de ser una obra tardía, mantiene ese tono poético que caracteriza todos sus paisajes. Son éstos vistas solitarias, de amplio alcance, que permiten a la mirada recorrer el plano hasta el fondo. Aquí, las formas son manchas sugerentes ejecutadas con trazos sueltos; los colores rehúyen los contrastes fuertes para permanecer en gamas calladas de sepias, verdes terrosos, azules grisáceos, que dan una atmósfera melancólica a esta hermosa pieza.


Próspero Martínez, Carrizales, 1959

El pintor perteneciente al Círculo que tuvo mayor trascendencia fue Armando Reverón. Cultivó el paisaje durante toda su vida, entre otros géneros. Son notables las vistas del litoral central y de Macuto –lugar donde levantó El Castillete, su vivienda y taller–, en las que con pocos trazos logra expresar la intensa luminosidad del Caribe. Su vida y obra conformaron un todo creativo que lo hace erguirse como el artista más importante de la modernidad venezolana.


Armando Reverón, Paisaje, 1933

Una Marina típicamente caribeña es autoría del que fuera el «benjamín» del grupo, Luis Alfredo López Méndez. La obra de este pintor longevo y multifacético fue muy vasta, y estuvo caracterizada por el modo como el artista asumía la pintura, de una manera casi lúdica y sin concesiones a las modas. Esta pieza es distintiva de su estilo desenfadado, influido por el naturalismo, el realismo y el impresionismo.


Luis Alfredo López Méndez, Marina, 1966

También Rafael Monasterios fue miembro en el Círculo de Bellas Artes. Es, sin duda, uno de los grandes pintores venezolanos, con una obra que otorga al paisaje solidez constructiva. Proveniente de Barquisimeto, se trasladó a Caracas e inmediatamente se incorporó al movimiento airelibrista de los pintores de entonces. Como en la mayoría de sus cuadros, Meseta de Tovar de 1945, exhibe una amplia vista, lograda mediante la rotunda ubicación de grandes masas colorísticas que hacen que el cuadro adquiera esa solidez compositiva tan propia de su trabajo.


Rafael Monasterios, La meseta de Tovar, 1945

La Escuela de Caracas reunió a muchos artistas que tuvieron a la capital y a sus alrededores como tema principalísimo de sus telas. Carlos Otero, Pedro Ángel González, Rafael Ramón González y Pablo Benavides son algunos de estos pintores.

La Marina de Carlos Otero es un cuadro propio del estilo de este creador que si bien no participó en el Círculo de Bellas Artes por estar cursando estudios de pintura en Buenos Aires, se incorporó, tras su regreso al país, a la escuela paisajística tan en boga durante la primera mitad del siglo XX. La línea tiene gran importancia en su trabajo, que siempre se apega a lo dibujístico. Gusta de las escenas pueblerinas y de los paisajes sencillos, a los que baña de una luminosidad cálida y personal.


Carlos Otero, Marina, 1949

Pedro Ángel González es una de las grandes figuras del paisajismo venezolano. Sus obras tienen cierta grandilocuencia, ya que el color sabiamente aplicado otorga dramatismo a las formas del entorno. Sus vistas son amplias y con un sentido de la estética honda que emana de la naturaleza. En Atardecer en Cabo Blanco el artista hace gala de los contrastes de verdes y sepias, dados en la representación de terraplenes que le eran tan afines. Los choques luminosos del cielo en crepúsculo que ocupa casi una tercera parte del lienzo, completan esta vista del paraje costero.


Pedro Ángel González, Atardecer en Cabo Blanco, 1948

Rafael Ramón González se alejó del paisajismo por sí mismo y su obra dio cabida a la representación de las personas, las casas y los quehaceres del pueblo. En este sentido es un precursor del realismo social que tuvo su auge en la década de 1940. Sus trabajos –como Paisaje– dan una mirada sobre la Venezuela campesina, y hablan de una realidad que subyace al simple retrato del entorno.

Rafael Ramón González, Paisaje, 1959

Pablo Benavides se incorporó tarde al movimiento de la pintura paisajística, ya que aunque había estudiado en la Escuela de Artes Plásticas y Aplicadas de Caracas, abandonó el oficio por años. La influencia de los pintores de la Escuela de Caracas en su obra es innegable, y puede decirse que él mismo conforma el último eslabón de este movimiento de tan larga trayectoria. Su pieza Paisaje de Sebucán está concebida, como gran parte de sus cuadros, como una vista panorámica. En ella, las montañas adquieren gran potencia expresiva, no sólo por el dramatismo de los contrastes con que han sido dibujadas, sino por la infinitud que sugiere la ocupación que hacen de todo el espacio superior del cuadro, en donde no se atisba el cielo.


Pablo Benavides, Parque Sebucán, 1967

El cuadro Paisaje de Pascual Navarro ya muestra una asunción distinta del entorno, que se aleja de la mirada naturalista y del encanto impresionista propios de la Escuela de Caracas. Siendo realizada en 1943, mucho antes que algunas de las piezas que hemos ya comentado, vemos claramente las distancias que la separan de los cuadros de algunos de los pintores formados en la tradición del Círculo de Bellas Artes. Es esta una obra realizada en el período en el cual Navarro estudiaba en la Escuela de Artes Plásticas y Aplicadas de Caracas, y en la que intuimos las lecciones que A. E. Monsanto y su equipo de excelentes profesores impartían en torno a la renovación de los lenguajes plásticos que se estaba dando en Europa. El artista deja de preocuparse por el retrato fidedigno del referente real y realiza un paisaje más plástico, constructivo y estilizado.


Pascual Navarro, Paisaje, 1943

En esta línea se inscribe también la obra Sin título de Virgilio Trómpiz. Fue realizada el año en el que el artista viaja a Italia, Francia y España, y quizás su ejecución estuvo influida por este contacto con las experiencias plásticas que se estaban sucediendo en el antiguo continente. Trompiz ejecuta un paisaje eminentemente urbano en formato horizontal y alargada, en el que el poblado se representa a través de trazos simples, colores vivos y formas geometrizadas.

Virgilio Trompiz, Sin título, 1954

Un caso particular en el contexto venezolano lo constituye la obra de Héctor Poleo. La pieza Sin título (Nueva generación) fue realizada en el período surrealista del pintor, en el que solía crear según los lineamientos de este movimiento, es decir, representando escenas y parajes insólitos o irreales con una muy bien lograda factura hiperrealista. El surrealismo de Poleo estuvo cargado de una profunda melancolía y actualizó atmósferas de gran sentido poético.

Héctor Poleo, Sin título, 1944

Por el impresionante aporte a la escultura nacional que realizó, Francisco Narváez ha sido relativamente poco estudiado como pintor. En este campo, el artista demostró ser poseedor de una gran personalidad compositiva y, sobre todo, colorística. En Paisaje Narváez trabaja un entorno vegetal a través de una gama de azules y verdes aplicados en trazos cortos, que dinamizan la superficie del cuadro y acentúan la vibración que se quiere transmitir como retrato del follaje, la brisa, y la luz tamizada. Enfatiza el ritmo envolvente de la composición a través de líneas por sucesión que dibujan los troncos de los árboles, y del camino que lleva la mirada a lo profundo.


Francisco Narváez, Paisaje, 1962

Jorge Chacón fue un pintor tachirense que se residenció en Sabaneta, Aragua, donde llegó a formar escuela. Sus obras se crean a través de síntesis colorísticas tomadas de sus estudios del fauvismo y de Van Gogh. La quinta es una pieza del primer período de su trayectoria, en el que ejecutaba el paisaje con formas plásticas y colores vivos, planos, aplicados con una pincelada precisa y cerrada, que daba a sus piezas apariencia serigráfica.


Jorge Chacón, La quinta, 1976

Giorgio Gori fue un pintor francés que se radicó en Venezuela en 1949. Después de una época nativista tuvo otra etapa de formas abstractas estilizadas. No fue propiamente un paisajista y por ello II Nocturnas en Provenza es una obra particular. El acercamiento al paisaje aquí es muy gráfico, y da preeminencia a las posibilidades estéticas de los elementos de la naturaleza que conforman la representación, como árboles, el horizonte y la luna. El color es el elemento expresivo más relevante de esta pieza que representa la noche a través de una exquisita gama de azules.



Giorgio Gori. Nocturnas en Provenza II, 1977

Carlos Hernández Guerra es uno de los grandes renovadores del paisajismo venezolano. Durante la tercera etapa de su producción comienza a estilizar el paisaje, al subrayar el horizonte y tratarlo como un elemento simbólico y tendiente a la abstracción. En Esteros el artista compone el cuadro a partir  de esta línea horizontal que divide el cielo de la tierra, y de allí estratifica todo el espacio: en primer plano los matorrales hechos con trazos rápido, luego los esteros, al fondo una línea verde sugiere la sabana tupida vista en lontananza. 


Carlos Hernandez Guerra (El «Indio» Guerra), Esteros, 1987

Ángel Hurtado es un artista de amplia trayectoria que, en su última etapa ha trabajado el paisaje venezolano, específicamente la topografía del sur del país. Su obra estuvo siempre cargada de una pulsión íntima y emocional que se tradujo en acabados profundos, sucesión de transparencias, de materia, de colores que se diluían en incontables matices. La asunción del paisaje en Hurtado está llena de este espíritu. La pieza Más allá de la luz refleja este acercamiento místico al paisaje. No es casual que el artista haya escogido la misteriosa topografía de los tepuyes, formaciones antiquísimas y solitarias, para desplegar estas vistas naturales y oníricas que siguen siendo, como el resto de su copiosa obra, expresiones pictóricas de sus paisajes interiores.



Ángel Hurtado, Más allá de la luz, 1991




Katherine Chacón


* Texto publicado originalmente en el catálogo de la exposición «Grandes maestros, pequeños formatos. Paisajes Colección BCV» realizada en la Sala CAF-Banco de Desarrollo de América Latina", Caracas, 2015.


© Katherine Chacón

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